El nombre que nombra lo innombrable
Hubo un momento exacto en que el idioma no alcanzó, cuando las palabras “muerte”, “violencia” o incluso “femicidio” ya no alcanzaban para contener la magnitud de lo que ocurría, fue necesario construir una frase que hiciera temblar el aire: Ni Una Menos. Tres palabras que conllevan un número, una negación y una exigencia.
El movimiento nació en Argentina en junio de 2015, convocado inicialmente por un grupo de
periodistas, escritoras y activistas que se hartaron de contar muertas. Pero su fuerza no reside en su origen geográfico ni en su fecha fundacional: reside en que nombró algo que ya existía, que ya dolía, que ya ardía en miles de cuerpos que no sabían cómo llamarlo.
Nombrar es, en cierto sentido, el primer acto político ya que antes del nombre, la violencia contra las mujeres era un hecho doloroso pero difuso, frecuentemente clasificado como crimen pasional, como tragedia doméstica, como accidente del amor. Después de Ni Una Menos, se llama por su nombre: femicidio y este cambio lingüístico es también un cambio cultural y legal.
Los cuerpos que marchan, la ciudad que escucha
El 3 de junio de 2015, una multitud que nadie esperaba cubrió las plazas argentinas de violeta y de llanto. Hubo quienes miraron ese mar de cuerpos y vieron desorden, protesta, exaltación. Pero quienes estaban adentro sabían que era otra cosa: era la geometría perfecta del hartazgo organizado.
Marchar es una estrategia antigua que requiere de cuerpos en un movimiento colectivo que
tiene una elocuencia que ningún discurso logra replicar. Cuando miles de mujeres caminan juntas por una ciudad, están diciendo con sus huesos lo que las palabras no terminan de expresar: estamos aquí, existimos, ocupamos espacio, no vamos a desaparecer en silencio.
Es por eso que la calle, ese territorio históricamente disputado, se convierte en documento. Lo que comenzó en Buenos Aires cruzaría fronteras con una velocidad que sorprendió incluso a sus propias protagonistas. México, Chile, Perú, Uruguay, Bolivia, Paraguay, Ecuador, Colombia: Latinoamérica entera reconoció en ese grito algo propio. La consigna era argentina en acento, pero universal en herida. Ese es el signo de los movimientos verdaderos: no se inventan, se reconocen.
La furia como forma de amor
Se ha dicho mucho sobre la furia del movimiento feminista contemporáneo. Se lo ha criticado por su tono, por su urgencia, por sus pinceles sobre las paredes. Pero hay algo que los críticos suelen omitir: la furia también es una forma de amor. Cuando alguien se indigna ante la muerte de otra persona, cuando sale a la calle a pedir justicia por una desconocida cuyo nombre aprendió del diario, esa indignación es, en el fondo, un acto de amor colectivo.
Ni Una Menos no es, en su esencia, un movimiento de odio. Es un movimiento de duelo que no aceptó el silencio como única forma de procesar la pérdida. Es la transformación del dolor privado en demanda pública. Es el gesto radical de decir: “tu muerte me importa, aunque no te conozca”.
Hay en eso una tradición latinoamericana muy específica: la de las Madres de Plaza de Mayo, la de las mujeres que bordaron nombres en pañuelos en México y Guatemala, la de las que pusieron cruces rosas en Ciudad Juárez. Las mujeres de este continente llevan décadas aprendiendo que el duelo puede ser revolucionario, que recordar es resistir, que pronunciar un nombre es negar una desaparición.
Lo que queda después del grito
Una década después de aquella primera marcha, es legítimo preguntarse qué cambió. La respuesta es incompleta y contradictoria, como toda respuesta honesta ante preguntas grandes. Cambiaron los discursos: los medios de comunicación ya no llaman “crimen pasional” a un femicidio. Cambiaron las leyes en varios países. Cambió la conciencia de una generación que creció sabiendo que esto tiene nombre y que ese nombre importa.
Lo que no cambió, o no lo suficiente, es la cifra. En América Latina siguen muriendo mujeres a manos de sus parejas, ex parejas, familiares, conocidos. Siguen desapareciendo. Siguen siendo encontradas. Y cada vez que eso ocurre, el grito vuelve: ni una más, ni una menos.
Esa tensión, entre lo que se logró y lo que falta, es precisamente la energía que mantiene vivo al movimiento. Los movimientos que alcanzan todas sus metas se disuelven. Los que siguen peleando tienen, lamentablemente, razones para hacerlo. Ni Una Menos tiene demasiadas razones todavía.
Una gramática del futuro
Hay algo profundamente esperanzador en la gramática de Ni Una Menos. No es una declaración de lo que hay, sino de lo que debería haber, no se trata de una descripción, es una exigencia, no dice no hubo, dice no debe haber. Esa pequeña diferencia verbal contiene toda una ética.
El movimiento propone, en el fondo, un pacto entre desconocidas: yo me preocupo por vos aunque no te conozca, porque compartimos algo más profundo que la amistad, compartimos la condición, el riesgo, la historia. Y en ese pacto reside una forma de comunidad que no depende de la familiaridad, sino de la solidaridad.
Ni Una Menos nos recuerda que los movimientos sociales son, ante todo, actos de imaginación: la capacidad de imaginar un mundo donde lo que hoy ocurre deje de ocurrir. Son la apuesta por una realidad que aún no existe pero que se vuelve posible en el momento en que alguien la nombra, la exige, la grita en plural, en las plazas, bajo la lluvia, con flores violetas y los nombres de las que ya no están escritos en carteles que nadie debería tener que cargar.