Hay personas que cambian su tiempo, y hay otras que llegan tan adelantadas que su tiempo no logra comprenderlas. Juana Manso pertenece a esta segunda categoría. Nacida el 26 de junio de 1819 en Buenos Aires, suele ser recordada como educadora, escritora y precursora de los derechos de las mujeres. No obstante, reducirla a esos títulos es insuficiente. Juana Manso fue una de las intelectuales más radicales del siglo XIX latinoamericano, una mujer que cuestionó no solo la desigualdad entre hombres y mujeres, sino también las bases culturales, religiosas y políticas de una sociedad que se pensaba moderna mientras excluía a la mitad de la población.
Más que una pionera, fue una anomalía, una mujer sin permiso. El siglo XIX argentino construyó héroes, generales, presidentes y pensadores. Casi todos hombres. Las mujeres aparecían en los márgenes de la historia, vinculadas al hogar, la maternidad o la beneficencia. Juana Manso se negó a ocupar ese lugar. No pidió autorización para escribir sobre política. No pidió autorización para opinar sobre educación. No pidió autorización para discutir religión. Tampoco para sostener que las mujeres tenían inteligencia suficiente para participar en la vida pública.
En una época en la que muchas mujeres luchaban por acceder a la educación básica, ella ya discutía el derecho a pensar. Y eso fue quizás más perturbador que cualquiera de sus propuestas.
La primera intelectual pública argentina
Hoy nos parece natural encontrar mujeres periodistas, investigadoras, profesoras universitarias o analistas políticas. En tiempos de Juana Manso, aquello era una rareza. Ella no escribía solamente sobre asuntos considerados "femeninos", escribía sobre organización del Estado, educación popular, ciudadanía, ciencia y democracia. Fue una de las primeras mujeres en América Latina que intentó intervenir deliberadamente en el debate público. No quería
hablar únicamente para las mujeres. Quería hablarle a la sociedad. Por eso generó tanta resistencia.
Una ciudadana del mundo antes de la globalización
Las guerras civiles obligaron a la familia Manso a exiliarse. Esa experiencia marcaría profundamente su pensamiento. Vivió en Uruguay, Brasil, Cuba y tuvo contacto con ideas pedagógicas y políticas que circulaban por distintos países. Mientras gran parte de la dirigencia argentina pensaba desde una perspectiva local, Juana observaba procesos internacionales y comparaba experiencias educativas.
Su mirada era extraordinariamente moderna.
Entendía que los problemas de la educación, la democracia y la igualdad no eran exclusivamente argentinos. Formaban parte de desafíos más amplios que atravesaban a las nuevas repúblicas americanas.
En cierto sentido, fue una intelectual transnacional mucho antes de que existiera ese concepto.
El conflicto con la religión
Uno de los aspectos menos recordados de su vida es la tensión permanente que mantuvo con sectores de la Iglesia. Juana defendía la libertad de conciencia y una educación menos subordinada al control religioso. Esa posición resultaba escandalosa en una sociedad donde las instituciones eclesiásticas conservaban enorme influencia cultural. No era simplemente una discusión pedagógica, era una disputa sobre quién tenía derecho a formar las conciencias y definir el conocimiento legítimo. Su postura le valió críticas feroces y contribuyó a su aislamiento social.