Cada 15 de octubre se conmemora el Día Internacional de las Mujeres Rurales. La fecha invita a reconocer su contribución al desarrollo de las comunidades, a la producción de alimentos y al sostenimiento de la vida en los territorios rurales. Pero también ofrece una oportunidad para
revisar la manera en que las miramos.
Durante mucho tiempo, la conversación pública sobre las mujeres rurales estuvo centrada, con razón, en las desigualdades que atraviesan sus vidas: las dificultades para acceder a la tierra, al crédito y a los recursos productivos, la informalidad laboral, la falta de protección social, la sobrecarga de las tareas de cuidado y las barreras para acceder a servicios, tecnología y espacios de decisión. Estas dimensiones siguen siendo fundamentales y requieren políticas
públicas específicas.
Sin embargo, existe otra pregunta que también merece ser formulada: ¿qué sabemos de las
mujeres rurales cuando dejamos de mirarlas solamente desde sus necesidades y comenzamos a
reconocerlas como protagonistas? ¿Qué conocimientos producen? ¿Qué prácticas sostienen?
¿Qué redes construyen? ¿Qué transformaciones generan en sus comunidades?
Una ruralidad que también se construye con saberes
Las mujeres rurales no solo participan de actividades productivas también, poseen y transmiten
conocimientos construidos a partir de la experiencia, de la memoria familiar y comunitaria y de
una relación cotidiana con el territorio. Conocen ciclos productivos, semillas, prácticas de cultivo,
elaboración de alimentos, cuidado de animales, formas de comercialización y estrategias para
sostener la economía familiar.
Muchos de estos saberes no aparecen en las estadísticas laborales ni en los registros
productivos. Tampoco siempre son reconocidos como conocimiento. Sin embargo, forman parte
de la vida económica, social y cultural de los territorios.
Reconocerlos supone ampliar nuestra idea de qué significa producir conocimiento. No todo saber
nace en una institución académica: también se construye en la experiencia, en las comunidades
y en el vínculo cotidiano con la tierra.
Del paisaje al territorio
Pensar la ruralidad únicamente como paisaje puede hacernos perder de vista las relaciones
sociales que la sostienen. Un territorio rural es también una trama de trabajo, vínculos,
identidades, memorias y decisiones.
En esa trama, las mujeres ocupan lugares diversos. Son productoras, trabajadoras asalariadas,
campesinas, cooperativistas, emprendedoras, cuidadoras, referentes comunitarias y
transmisoras de conocimientos. Sus experiencias tampoco son homogéneas: cambian según la
provincia, la edad, la pertenencia cultural, la escala de producción y las condiciones económicas
y sociales.
Por eso, hablar de “la mujer rural” como si existiera una única experiencia puede invisibilizar la
diversidad de trayectorias. La ruralidad se vive de maneras diferentes y esas diferencias también
deben formar parte de las políticas, de las investigaciones y de las acciones institucionales.
Reconocer no es romantizar
Poner en valor los saberes y las capacidades de las mujeres rurales no significa idealizar sus
condiciones de vida ni ocultar las desigualdades que persisten. Al contrario: reconocer su
protagonismo permite comprender mejor por qué el acceso a derechos y recursos es tan
importante.
La titularidad de la tierra, el acceso al crédito, la protección social, la conectividad, la formación
técnica y la infraestructura no son solamente recursos económicos. Son condiciones que amplían
la autonomía y la capacidad de tomar decisiones.
Del mismo modo, reducir la sobrecarga de cuidados y garantizar servicios accesibles en los
territorios rurales no constituye una cuestión secundaria. El tiempo también es un recurso y su
distribución desigual condiciona las posibilidades de estudiar, producir, participar en
organizaciones y ocupar espacios de decisión.
Escuchar a las mujeres para comprender los territorios
Una mirada renovada sobre la ruralidad exige pasar de hablar sobre las mujeres rurales a
construir conocimiento con ellas. Escuchar sus experiencias permite identificar problemas que no
siempre aparecen en los datos y, al mismo tiempo, reconocer estrategias y soluciones que ya
existen en las comunidades.
Las organizaciones de mujeres rurales, las cooperativas, las experiencias de comercialización
colectiva y los espacios comunitarios muestran que las mujeres no son solamente destinatarias
de políticas: también son actoras capaces de formular propuestas, construir redes e intervenir
en las decisiones que afectan a sus territorios.
Esta perspectiva resulta especialmente relevante para las universidades. Investigar, enseñar y
hacer extensión implica también abrir espacios para que los conocimientos territoriales
dialoguen con el conocimiento académico.
El desafío para la universidad
La universidad puede desempeñar un papel central en esta conversación: producir información
con enfoque de género y territorio; desarrollar investigaciones interdisciplinarias, acompañar
procesos comunitarios, fortalecer capacidades de gestión y formación, y generar espacios de
diálogo entre organizaciones rurales, gobiernos locales y comunidad académica.
Pero quizás uno de los mayores desafíos sea aprender a mirar de otra manera. No solamente
identificar las desigualdades, sino también registrar las capacidades. No solamente medir las
brechas, sino también recuperar los saberes. No solamente describir los problemas, sino
escuchar las respuestas que las propias comunidades construyen.
“Reconocer a las mujeres rurales es reconocer también los conocimientos, las redes y las formas de vida que sostienen los territorios.”
Una agenda de género también es una agenda territorial
El Día Internacional de las Mujeres Rurales puede ser, entonces, algo más que una fecha de
reconocimiento. Puede convertirse en una oportunidad para preguntarnos qué territorios
queremos construir y qué lugar ocupan las mujeres en ese futuro.
Una agenda de género en la ruralidad implica garantizar derechos y condiciones materiales,
pero también reconocer capacidades, conocimientos y protagonismos. Implica comprender que
la igualdad no se construye solamente incorporando a las mujeres a espacios existentes, sino
también valorando los aportes que ellas ya realizan y generando condiciones para que puedan
decidir sobre aquello que producen, cuidan y transforman.
Este 15 de octubre, desde el Observatorio de Género e Igualdad de Oportunidades de la
Universidad Champagnat, proponemos cambiar la mirada: pasar de una representación de las
mujeres rurales basada únicamente en sus carencias a una mirada que también reconozca sus
saberes, su trabajo, sus voces y su capacidad de construir futuro.